lunes, 15 de febrero de 2010

Primera parte

Cae lentamente la nieve sobre mi desnudo y frágil cuerpo, no puedo soportar este frío intenso en mis huesos, las astillas de hielo se clavan en mis músculos impidiendo moverme, se me congela la sangre y mi aliento cada vez es más débil, ya ni mi cuerpo puede seguir temblando, no le quedan ni fuerza ni ganas para seguir luchando, la sangre que fluia de mis heridas ha dejado un surco congelado y rojo en mi palida piel solo me quedan estos recuerdos que aún laten dentro de este corazoncito apunto de apagarse...

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Hace una semana, en un pueblo remoto del norte de Canadá vivía yo, Helen Eastwood, muchachita pelirroja de ojos verdes y graciosas pequitas en mis gorditas mejillas, hace tiempo que vine a vivir aqui, no es lo mismo que mi querida Irlanda pero creo que podre acostumbrarme.
La gente es fría al igual o peor que el clima, he tenido que llenar mi armario de abrigos, cada mañana voy embutida en mil mangas al trabajo y al tener que coger el autobus con tanta gente llego acalorada a mi pequeña pastelería y empiezo a quitarme capas tan pegadas unas a otras que parecen el papel de las esponjosas magdalenas que hago, regalo felicidad azucarada en un bonito envoltorio por un modico precio, los clientes suelen quedarse mirando de manera descarada mis rojizos bucles, en la mayoría de los casos esas cosas suelen disgustar a las personas pero a mi me hace gracia, tantos años alli y aún les parezco extraña, de tarde en tarde suelen venir niños pequeños solo para verme y salir de la tienda con la boca abierta, aunque las mañanas tengan sus puntos divertidos, cuando llego a casa me siento completamente vacía, lo unico que me reconfortaba hace unos años era llamar y oir la voz de mi madre, pero desde que ella murio no me queda nada en lo que refugiarme.
El viejo dueño de la pasteleria, el señor Brown, ya no recuerda ni su nombre y aun echo de menos a mi tio Albert, nunca supe nada de él de nuevo, desde que escapé de su tutela cuando ibamos a Nueva York, esos 17 locos años me hicieron cometer tantos errores, pero cuando me di cuenta de mi error ¿por que nunca volvi? ¿miedo a represalias? si llamaba a mi madre casi a diario y siempre me hablaba con la voz risueña y cariñosa de cuando era una niña ¿tan importante e independiente queria sentirme? al no recibir reprimendas de mi madre pense que todo seria un camino de rosas, pero nunca lo ha sido.

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