viernes, 24 de diciembre de 2010

La boda del amor y los monstruos.

Todas las ganas de abrazarla se habían carcomido a lo largo de los años, sobre todo cuando las discusiones se extendían en su rutina diaria.
Aquellos chocolatitos de todas las mañanas, ahora eran puñales amargos que le recorrían su garganta carrera abajo... ¿Dónde se escondieron las mariposas de su estómago? ¿Habian muerto, o quizá solo dormían y los ignoraban?

Una tempestad se había instalado sobre sus cabezas, que les hacía sentir llenos de pesadumbre y cada vez con menos ganas de soportarse o de fingir frente a la gente que se amaban como nunca. Todos los diamantes habían perdido su brillo y ya ni siquiera sonaba en la habitación la canción con la que se conocieron, seguida de una sonora sinfonía de muelles. Todo era calma, solo rota a veces por un insulto y un llanto que todo lo ahogaba, para finalizar con un portazo y maldiciones por do quier.

El amor que los había unido se había casado con el monstruo del armario y quiza también con el de bajo la cama, para no aparecer nunca más e instalarse en sus más insufribles pesadillas. La ilusión del día que se conocieron ahora era un recuerdo amargo aunque nostálgico, como las collejas de al salir de clase o las raspaduras de las rodillas jugando en el parque.

Se habían convertido en unos extraños que a duras penas convivían, pero ni siquiera a duras penas se amaban.

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